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  LOS MURMULLOS
 
LOS MURMULLOS
(Antología de textos que hablan de Juan Rulfo y su obra)
 
Callada la voz, que no la palabra de Juan Rulfo, quedan las inter­pretaciones que de su obra señalan los especialistas. Los que siguen son ensayos ya publicados --seleccionados aquí para nuestros lectores-o alrededor de la figura literaria y humana del escritor mexicano. A estos análisis se sumarán sin duda otros, que continuarán la permanencia en las letras de un autor de nuestro pasado, de hoy y del futuro.
"Si el tema de Malcolm Lowry es el de la expulsión del paraíso, el de la novela de Juan Rulfo Pedro Páramoes el del regreso. Por eso el héroe es un muerto: sólo después de morir podemos volver al edén nativo. Pero el personaje de Rulfo regresa a un jardín calcinado, a un paisaje lunar, al verdadero infierno. El tema del regreso se convierte en el de la condenación; el viaje a la casa patriarcal de Pedro Pára­mo es una nueva versión de la peregrinación del alma en pena. Simbolismo _ ¿inconsciente?- del título: Pedro, el fundador, la pie­dra, el origen, el padre, guardián y señor del paraíso, ha muerto; Pá­ramo es su antiguo jardín, hoy llano seco, sed y sequía, cuchicheo de sombras y eterna incomunicación. El Jardín del Señor: el Páramo de Pedro. Juan Rulfo es el único novelista mexicano que nos ha dado una imagen -no una descripción- de nuestro paisaje. Como en el caso de Lawrence y Lowry, no nos ha entregado un documento foto­gráfico o una pintura impresionista sino que sus intuiciones y obse­siones personales han encarnado en la piedra, el polvo, el pirú. Su vi­sión de este mundo es, en realidad, visión de otro mundo.
OCTAVIO PAZ Corriente Alterna, Siglo XXI.
 
Pedro Páramo puede ser consignada corno una novela que no reproduce una visión coherente del mundo, sino la fragmentación y ruina de un orden social y moral, la supervivencia de códigos previos dentro de un nuevo orden social, y los conflictos y confusiones que surgen de la mezcla de lo nuevo y lo viejo. La intensa soledad de los personajes, señalada a menudo por los críticos, las escenas intensas
En El llano en llamas(1953) el autor rompe con la arraigada tradición docente de nuestras letras, convencido de que la misión del escritor consiste en mostrar y no en demostrar. Es decir, deja atrás la literatura pedagógica y  se compromete con la verdadera literatu­ra, gozosamente libre de ataduras y autónoma.
 
En este libro están ausentes las asperezas técnicas y de expresión, los anacronismos de que se valen ciertos cuentistas y están presentes, en cambio, las técnicas que han orientado la novela y el cuento por nuevos caminos. Rulfo aquí es un cuentista monocorde que comu­nica al lector un mundo angosto en el que todos los lugares (los esce­narios) son más o menos iguales y todas las anécdotas forman parte de una misma familia argumental. Por estas razones está obligado a repetirse: suple la prisión a que lo reduce el espacio y  los temas con una profundidad que no es fácil medir ni cuantificar.
 
En Pedro Páramo(1955) Rulfo usa los mismos procedimientos que empleó en El llano en llamas(el monólogo interior, la simultáneidad de planos, la introspección, el ritmo lento, la vigilia delirante), sólo que con mayor eficacia estética. Si en el libro de cuentos era evidente el estatismo,  en la novela llega a ser la atmósfera en que se mueven los personajes. El tiempo parece que se ha detenido, que se ha desrealizado: las criaturas piensan, sienten y actúan fuera de él o, en el mejor de los casos, en sus arrabales. Se trata de un tiempo interior, deshabitado corno Comala, el pueblo en el que Rulfo sitúa la acción de su novela.               
 
Si los personajes que aparecen en El llano en llamasson hombres ­sombras, en Pedro Páramo, estas sombras se convierten en fantasmas, en ánimas sin sosiego. Juan Preciado, uno de los numerosos hijos naturales de Pedro Páramo, cuando llega a Comala a buscar a su pa­dre encuentra un pueblo muerto en el que todas las voces son rumo­res y todos los actos, recuerdos. Al recordar, los personajes recons­truyen sus vidas, la vida de Comala (del pasado esplendor al presente en ruinas), la de sus habitantes; de ese modo el pasado se convierte en presente y la muerte se confunde e identifica con la vida.
 
Algunos críticos quieren ver únicamente en Pedro Páramo la figu­ra del cacique. De acuerdo, es un cacique, pero es también algo más: una víctima de las circunstancias, del destino, del mismo modo que los habitantes de Comala son víctimas de su brutalidad que no respe­ta la vida, el honor y los bienes materiales. Pedro Páramo es un hom­bre frustrado que persigue un imposible: el amor de Susana San Juan. Desde niño la sueña, de joven la persigue e idealiza, y cuando de vie­jo la desposa, ésta ha perdido la razón, vive en el pasado y no recono­ce a su enamorado platónico de siempre. La conducta de Pedro Páramo es la contrapartida de su sensibilidad idealista y  quizá bien intencionada. Su conducta pública es una venganza, el cobro usuario de una afrenta. El amor no correspondido que experimenta por Susana se le convierte en odio hacia los demás. Roto por dentro, muerto en vida, trata de romper y matar a los vecinos de Comala. Sin embargo, por fuera es duro e impenetrable hasta el momento mismo de su muerte: "Dio un  golpe seco contra la tierra .y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras".
 
Esta frase, la última de la novela, sostiene Rodríguez Alcalá, "es enormemente expresiva: simboliza el derrumbe de una época, de un régi­men, de un pueblo". Cabe suponer que Comala, después de la muerte 'de Pedro Páramo, renazca de sus cenizas, recupere su verdor, su alborozo, su perdida confianza en la vida. El único cacique contra el que resulta imposible combatir, parece atestiguar Pedro Páramo con su vida, es el destino. Y si él le tiene miedo al destino, igual ocurre con los demás personajes de la novela. De allí el fatalismo con que éstos se comportan, el retraimiento a que celosamente se han someti­do, las escasas palabras que pronuncian cuando se comunican entre sí.
 
Con su poderosa fuerza lírica, Rulfo consiguió infundir vida a un pueblo muerto y, por supuesto, a sus difuntos habitantes. Literal­mente hablando sus muertos gozan de cabal salud. Además de ser un excelente cuentista y un novelista admirable, Juan Rulfo fue un gran poeta.
 
EMMANUEL CARBALLO, PUNTO 13 DE ENERO.
 
 
 
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